el diario de Luis

Mis memorias añoranzas y vicisitudes en lo largo de mi vida

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Nombre: Luis

miércoles, junio 21, 2006

Llegada a Madrid



No puedo decir que día de la semana era cuando llegamos a la estación de Atocha de Madrid, era por la mañana temprano, pero si puedo decir que de las ganas que tenia de llegar a casa de mi abuela materna era tan grande, que al bajar del tren la pregunté a mi madre el camino que tenía que tomar.
Mi madre me señaló el camino que debía seguir. Mira, ve por esa calle, que es la calle Atocha y llegas la plaza de Antón Martín, allí coges la calle de la Magdalena hasta la plaza Tirso de Molina luego la calle Duque de Alba, Plaza de Cascorro, Calle La Ruda y Calle Santa Ana, que era donde vivia mi abuela.

Con esas señas ya no me perdía, había pasado yo muchas temporadas antes de la guerra en casa de mis abuelos y desde Tirso de Molina ya lo conocía yo porque las temporadas que pasaba en casa de mis abuelos era donde íba por las noches a pasear con mis tíos, y sobre todo por Navidad que me llevaban para que viera los puestos de juguetes que pon
ían por esas fechas para la fiesta de los Reyes Magos.

Mi familia tenia que caminar despacio por mis abuelos que eran ya mayores, pero yo con un paso ligero llegue a casa de mi abuela en la que estaba viviendo un tío con su familia que se habían mudado para que mi abuela no estuviera sola durante la guerra.

Llamé a la puerta y me recibió mi tía, que se tubo que levantar de la cama, y viendo que iba casi desmallado de hambre, enseguida me preparo un desayuno de café con un trozo de pan que me cayó de maravilla.

El próximo seguiré contando las penurias pasadas que no fueron pocas.

jueves, junio 15, 2006

La odisea del viaje


Como prometí en mi anterior relato de seguir con la odisea del viaje. Ha llegado el momento de contarlo.

Después de unas cuantas horas de estar acomodados en el vagón de mercancías, hacinados que apenas si nos podíamos mover empezó a llover cayendo el agua a chorros por las goteras del tec
ho del vagón.

El tren se puso en marcha lentamente con una de esas máquinas a vapor que funcionaban en aquellos tiempos en los que casi podías bajarte y subir en marcha. Pasaron unas estaciones, paró el tren y nos metió en una vía muerta desenganchando y marchándose la máquina.

Pasaron bastantes horas hasta que engancharon otra máquina y seguimos el viaje, pero otras pocas estaciones y de nuevo nos metieron en vía muerta desenganchando de nuevo la máquina olvidándose de nosotros puesto que allí pasamos la noche.

Al día siguiente la misma historia, cuando nos metían en vía muerta nos bajábamos del vagón poniéndonos jugar los chicos, y los mayores que llevaban alguna legumbre, encendían una lumbre y se ponían a guisar.

Recuerdo que mi madre nos repartía la comida poco apoco, porque no sabíamos la duración del viaje. La comida que llevábamos, la tortilla y las 8 docenas de ancas de rana, para las nueve personas duro muy poco pasando algunos días en ayunas

Llegando a la estación de Tarancón, provincia de Cuenca, mis hermanos primas y yo nos pusimos a pedir a los militares y a la gente del pueblo y poder comprar algo para comer sacando para comprar unos panecillos.

Allí no puedo decir el tiempo que nos tuvieron, pero si puedo decir que el total que el viaje duró de Murcia a Madrid fue de seis días y cinco noches.

En el siguiente capítulo os contaré la llegada a Madrid.

domingo, junio 11, 2006

El viaje



El viaje

Unos días antes de embarcarnos, mi madre vendió parte de los enseres y con ello compro un pan, huevos y patatas e hizo una tortilla.

Mi padre mi hermano y yo nos fuimos a El Reguerón, un arroyo que pasa y supongo pasará todavía, con unas cañas con una cuerda atada en un extremo y en la otra punta de la cuerda y un trozo de lana roja, dos cubos, uno de ellos sin culo.

Cuando veíamos una rana en la orilla, bailábamos la lana roja por encima y al morder la lana que servia como anzuelo, dábamos un tirón hacia atrás para cogerla. La rana que saltaba al agua y se escondía en el fondo, dejaba la huella donde se había parado y con el cubo sin culo lo poníamos encima para que no escapara poderla coger. Al final pescamos ocho docenas.

Esa fue la comida que mi madre preparó para las nueve personas. La tortilla y las ocho docenas de ancas de rana fritas.

Ya acomodados en el vagón de mercancías cuyos asientos eran las maletas que llevábamos, engancharon la máquina a los diez o doce vagones y salimos dirección de Madrid.

Todo hubiera sido un simple e incomodo viaje si no hubiera empezado a llover y caer mas agua dentro del vagón que fuera.

El próximo día os contare la odisea del viaje. Saludos Luis

domingo, junio 04, 2006

De regreso a Madrid

Vagón de mercancias como el de nuestro viaje de regreso

He contado anteriormente, que la guerra la pasé con mi familia en la provincia de Murcia exactamente en la "Alberca" un pueblo a 3 Km. de la Capital.
Como mi padre trabajaba para el Ejercito del Aire, en unos talleres improvisados en una fábrica de conservas sita en la carretera de Alcantarilla en Murcia y la guerra termino a últimos de marzo, los obreros quedaron suspendidos y ese mes no se lo pagaron.
Estuvimos viviendo un mes aproximadamente y al ver que no se solucionaban las cosas, y sin dinero, mi padre decidió mandarnos a toda la familia a Madrid, que se componía de nueve personas. Mis dos abuelos padres de mi padre, mi madre, dos primas, que pasaron la guerra con nosotros porque sus padres quedaron en la zona contraria, mis dos hermanas y mi hermano menores que yo y a mí para que nos reunieramos con el resto de la familia.
Nos embarco un tren de mercancías de los que pusieron para la repatriación de los refugiados y mi padre se quedo con su hermana que estuvo trabajando en los mismos talleres, para ver si se solucionaba y que hacían con ellos.
Lo que pasamos en ese viaje lo contaré el próximo día
Saludos Luis.

viernes, junio 02, 2006

Mi anecdota en la cantina italiana

Esta es parte de la la cantina, la italiana está a la izquierda

Y aquí viene una de mis anécdotas.
Al llegar a Suiza, el taller de carrocerías al que me fui a trabajar, tenía una barraca de madera en la que estaban instaladas la cantina española e italiana cada una con sus camas y habitaciones correspondientes.
Al estar completa la cantina española, me instalaron en la italiana, y por lo tanto tenía que dormir y comer en dicha cantina, en la que el plato del día era la pasta.
Un buen día en la comida del mediodía me pusieron un plato de pasta hasta arriba, y a la señora que nos servía la dije, señora, yo no quiero tanta pasta, yo quiero más caldo.
La señora cogió el plato y se lo llevó a la cocina y al poco rato me viene con el plato igual que se lo llevó. Señora que yo no quiero tanta pasta que quiero más caldo.
La señora vuelve a llevarse el plato, pero me lo vuelve a traer igual que se lo había llevado. Le vuelvo a repetir lo mismo, que yo quiero más caldo, no quiero tanta pasta.
La señora de vuelta a la cocina, y la señora que estaba en la cocina que era hermana de la que servía, se asoma por la ventana que daba al comedor por donde servían las comidas, y en voz alta y de mal humor grita. Non he posibile piu caldo, non he posibile piu caldo.
Entonces el compañero de al lado que era español estaba gozando con lo sucedido, y le dice. Señora lui non vuole piu caldo, lui vuole piu brodo.Supongo habéis caído en la cuenta de que en italiano la palabra caldo es caliente, y el caldo que llamamos nosotros en italiano es brodo, por eso la señora lo que hacia era calentar mas la pasta y servírmela hirviendo