Continúo mi relato
Os he contado parte de mi vida, pero he dejado atrás lo que fue mi infancia, hijo de una familia humilde y trabajadora con cuatro hijos, dos varones y dos féminas.
Yo era el mayor de los cuatro, detrás de mí, me seguían, Fernando, Rosario a la que llamamos “Charo” y Victoria respectivamente.
A la edad de los cinco años, asistí a un colegio de párvulos de paga y a los seis años empecé en el colegio municipal en el que mi padre le pagaba al profesor para que después de jornada de diario, me diera una hora más de clase, yo no era de los mas torpes ni de los mas inteligentes pero eso si, me gustaba asistir a clase y lo que más me gustaba era las matemáticas la geografía y el dibujo.
Ahora que se acerca la Navidad y los Reyes Magos, me viene a la memoria los regalos que nos hacían, a los chicos una pelota de goma y a las chicas un muñeco de cartón o de trapo unos caramelos y si no te habías portado bien durante el año, unos trozos de carbón.
Todavía recuerdo el primer balón que me regaló mi padrino cuando tenía ocho años, el era guarnicionero y tenía el taller en la Ronda de Atocha de Madrid, y fue el balón del equipo que formamos en el barrio.
Hasta los nueve años la vida fue maravillosa dentro de de las estrecheces, lo malo fue después en plena guerra civil en los años 1936 – 1939, estando viviendo en el pueblo La Alberca, provincia de Murcia, que empezaron a escasear los alimentos y nos íbamos andando los tres kilómetros que separaban el pueblo de la Capital, a las tres de la madrugada para coger la vez en la cola que se formaba para entrar al Mercado de Abastos y comprar la carne de caballerías, porque no había de otra, y la mayoría de las veces se acababa antes de llegar al puesto y si llegabas no te daban la que querías, te daban medio kilo por persona o máximo un kilo según la mercancía que tubieran.
Al entrar al Mercado, nos dirigíamos cada uno de la familia a un puesto diferente para en caso que se acabara en uno en algún otro habría mejor suerte.
Al principio comentábamos, la carne de burro se puede comer pero lo que es la casquería, que veías las cabezas de los animales colgadas, los hígados, asaduras e incluso las tripas. Pero la carne se acabó, se la llevaban para los Hospitales y nos tuvimos que enganchar a la carne de casquería, y por ultimo a las tripas que las freía mi madre y parecían cortezas de tocino.
Yo era el mayor de los cuatro, detrás de mí, me seguían, Fernando, Rosario a la que llamamos “Charo” y Victoria respectivamente.
A la edad de los cinco años, asistí a un colegio de párvulos de paga y a los seis años empecé en el colegio municipal en el que mi padre le pagaba al profesor para que después de jornada de diario, me diera una hora más de clase, yo no era de los mas torpes ni de los mas inteligentes pero eso si, me gustaba asistir a clase y lo que más me gustaba era las matemáticas la geografía y el dibujo.
Ahora que se acerca la Navidad y los Reyes Magos, me viene a la memoria los regalos que nos hacían, a los chicos una pelota de goma y a las chicas un muñeco de cartón o de trapo unos caramelos y si no te habías portado bien durante el año, unos trozos de carbón.
Todavía recuerdo el primer balón que me regaló mi padrino cuando tenía ocho años, el era guarnicionero y tenía el taller en la Ronda de Atocha de Madrid, y fue el balón del equipo que formamos en el barrio.
Hasta los nueve años la vida fue maravillosa dentro de de las estrecheces, lo malo fue después en plena guerra civil en los años 1936 – 1939, estando viviendo en el pueblo La Alberca, provincia de Murcia, que empezaron a escasear los alimentos y nos íbamos andando los tres kilómetros que separaban el pueblo de la Capital, a las tres de la madrugada para coger la vez en la cola que se formaba para entrar al Mercado de Abastos y comprar la carne de caballerías, porque no había de otra, y la mayoría de las veces se acababa antes de llegar al puesto y si llegabas no te daban la que querías, te daban medio kilo por persona o máximo un kilo según la mercancía que tubieran.
Al entrar al Mercado, nos dirigíamos cada uno de la familia a un puesto diferente para en caso que se acabara en uno en algún otro habría mejor suerte.
Al principio comentábamos, la carne de burro se puede comer pero lo que es la casquería, que veías las cabezas de los animales colgadas, los hígados, asaduras e incluso las tripas. Pero la carne se acabó, se la llevaban para los Hospitales y nos tuvimos que enganchar a la carne de casquería, y por ultimo a las tripas que las freía mi madre y parecían cortezas de tocino.

